¡Hail, Hail, Rock and Roll¡ (Parte 1 de 3)

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Os pesentamos este relato ¡Hail, Hail, Rock and Roll¡ un relato de ficción sobre este mundillo que os hará pasar un buen rato. Hoy el primer capítulo.

Aquella mañana el sol brillaba en todo lo alto. Iñigo Do Remí, más conocido como “Doc Dioptrias”, salió nuevamente de los calabozos municipales de Tranquilium, con destino a su casa. Se trataba este, de un camino bastante conocido por Doc, pudiendose asegurar que en los dos últimos años, lo había recorrido con una regularidad pasmosa, por lo menos una vez al mes. En esta última ocasión, la causa había sido su vecina, o mejor dicho la puerta de su vecina. Bajo los efectos de una alta concentración de Thc y licor café, Doc se había empeñado en demostrarle a un grupo de amigos, la potencia que tenía la nueva ballesta que se había comprado. Y en honor a la verdad hay que decir, que Doc no exageró lo más mínimo. Nada más apretar el gatillo, la flecha salió disparada a una velocidad endiablada, atravesó el vestíbulo y perforó con una facilidad pasmosa, la puerta blindada de la casa de Doc, que desde entonces dispone de dos mirillas, para terminar su loca carrera, incrustándose en la puerta de su vecina de enfrente. Que el hecho ocurriera durante una apacible tarde gris de domingo, mientras la señora veía una reposición de “Murieron con las botas puestas”, contribuyó, no cabe la menor duda, a que el impacto emocional que recibió la viuda fuera casi mortal. Pero en fin, sus padres habían vuelto a pagar la fianza; por la tarde tenía ensayo con la banda y hacía sol. Las perspectivas resultaban bastante buenas y la vida era estupenda.

    Fran Caosvajal, era un joven de profundas convicciones religiosas. Las rogativas a los santos eran su remedio más habitual, para eliminar el esceso de adrenalina, en los momentos de máxima tensión. Esta misma mañana, cuando se había despertado a consecuencia del volumen al que su vecina del tercero escuchaba “Bamboleo”, Fran había procedido a realizar su rutinaria invocación a todos los santos, precedida de la habitual coletilla “Me cago en..”.

    Una vez que se duchó y afeitó, con corte incluido, lo que ocasionó una nueva rogativa, Fran empezó a ver la vida, con un poco más de filosofía. Era hora de empezar a preparar el examen de Campos Magnéticos. Después ensayaría algo con el saxo. Y para empezar a estudiar, nada mejor que un poquito de rocanrol. Eso si, a un volumen ligeramente superior al de la vecina del tercero.

    A las 19 30 horas, con más de hora y media de retraso comenzó el esperado quinto ensayo, de “Pepe Botella y los Etílicos”. Todo fué bien en el : “Un, dos, tres”. Sin embargo con la primera nota, Doc lanzó un chillido semejante al que daría un chimpancé en el momento de ser castrado, que consiguió erizar la piel de sus compañeros de banda. Para hacer justicia hay que decir, que si bien Doc no era un vocalista muy bien dotado, era sin lugar a dudas, uno de los guitarristas más excepcionales del planeta. Excepcional, en el sentido literal de la palabra. Doc era uno de los pocos guitarristas de música rock y no rock, del que podía asegurarse con absoluta certeza, que de las 6 cuerdas de la guitarra, le sobraban un mínimo de cinco.

 La concepción musical de “los etílicos” era de un claro estilo Trans-Country-Punk-Tecno. Eran sin lugar a dudas, uno de los grupos más interesantes del momento. Cuando al final del primer tema, titulado “Borrachos en la playa” Fran arrancó con el solo de saxo, la media docena de amigos presentes, recordaron con añoranza, los ejercicios de evacuación, que habían practicado en la escuela y el encargado del garito, en cuyo almacen ensayaban, se presentó acompañado de cuatro clientes, absolutamente convencidos de que allí, se estaba torurando a alguien. Posteriormente el grupo arrasó con una canción que estaba destinada a ser un éxito. Y cuando digó arrasó, lo digo de nuevo, en el sentido literal de la palabra. Fran se enzarzó en una disputa, con un estudiante de filosofía, que le había llamado “terrorista musical”. En esta ocasión, prescindió de sus habituales invocaciones a los santos e intentó golpear al chico, en sus atributos masculinos. El golpe falló por muy poco, pero el estudiante, armado de justa indignación y de argumentos kantianos, contratacó con un grueso volumen en tapa dura, de la “Crítica de la razón pura”, que alcanzó de lleno la ceja izquierda de Fran. Fué la señal que todos estaban esperando, para que el ensayo degenerase en una truculenta batalla campal, que se prolongó hasta la llegada de la policía. 

    En esta ocasión, habían tenido bastante suerte. No sólo habían logrado escapar todos los miembros de la banda, sino que en plena huída, a través de los callejones del barrio de putas, habían conocido a un promotor musical y acababan de firmar un contrato para actuar el viernes, en una conocida discoteca, de un polígono de las afueras de la ciudad.

Continuar con el capítulo 2. –>

Relato de Ricardo Canosa

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