Un padre disgustado, una banda desastrosa y el dilema moral del rock
La escena es la siguiente: un típico barrio residencial donde la tranquilidad de la mañana se ve repentinamente destrozada por el chirrido estruendoso de un intento fallido de interpretar ‘Painkiller’ de Judas Priest. Imagina el sonido de un amplificador barato llevándolo todo al límite, mientras alguien, desde la parte más alta de sus pulmones, desgrana un desgarrador intento de cantar. Es una imagen que no muchos quieren encontrarse al comienzo de un día de trabajo, especialmente si tienes la mala suerte de vivir justo al lado de donde se produce semejante espectáculo.

Smokey Goretooth, el encargado de la columna ‘Do I Suck?’, nos presenta esta historia real protagonizada por un vecino llamado ‘thisguystinks01’, atrapado en una situación que cualquiera con vecinos ruidosos podría reconocer. Vive en un apartamento que linda con un dúplex donde, como parece ser la norma, habitan jóvenes en sus veintitantos, con tatuajes en la cara y camisetas sin mangas, formando un constante flujo de amigos que caen de visita. Un día, mientras terminaba su reunión matutina de trabajo desde casa, este desafortunado oyente se encontró enfrentado a algo que sonaba como una pesadilla musical hecha realidad.
La falta de talento esencial no fue lo único que avivó sus frustraciones. La práctica se extendió durante horas sin signos de mejora, una y otra vez repitiendo la misma sarta de tonos mal ejecutados. En un giro algo drástico, pero no exento de lógica desesperada, decidió que tendría que tomar las riendas del asunto. Este vecino, recordando que había ayudado previamente con algunos problemas eléctricos, se dirigió hacia el cuadro de luces de sus vecinos y bajó todos los interruptores sin piedad.
Al escuchar el bendito silencio acompañado por un “¡Mierda!” desde la otra parte del muro, supo que había logrado su misión: devolver la paz a su hogar. Desde su nueva paz, pudo escuchar como alguien del otro lado asumía que ‘habían fundido un fusible’, manteniendo la música a raya para el resto del día.
Pero, ¿fue esto lo correcto? Las opiniones están divididas. Según comentó a un amigo cuyo novio está en una banda, la acción le pareció una verdadera atrocidad moral, mientras que a nivel personal no siente que haya hecho nada malo. Después de todo, otro vecino ya había intentado conversar con los músicos sin éxito.
La cuestión plantea una vieja batalla: ¿dónde se traza la línea entre la práctica necesaria para mejorar y el derecho al silencio? Para los músicos, especialmente los que están comenzando, encontrar un lugar donde poder ensayar sin restricciones es tan esencial como para cualquier otro profesional. Sin embargo, cuando esa práctica se convierte en una invasión sonora interminable, puede que el rockero enfrente las consecuencias de su atronadora ambición.
Una cosa es clara: el rocanrol ha sido siempre una bestia de dos caras, por un lado es una expresión de libertad e incluso un grito de rebeldía, por otro, una fuente de conflictos en la tranquila vida de los suburbios. Esta historia nos hace reflexionar sobre la convivencia y sobre cómo cada uno debe negociar su espacio sonoro con los vecinos.
Como con muchas historias que involucran a la música a todo volumen y a personas con poca paciencia, queda abierta la pregunta para los lectores: ¿se trata de un héroe o un villano? En el mundo del metal y el rock, donde la pasión por la música muchas veces supera la calidad del sonido, estas historias son el pan de cada día.
¿Vosotros qué opináis, sois del equipo que corta la electricidad o del que sigue ensayando hasta hacerse un hueco entre las estrellas del rock?
