Review. RICK SPRINGFIELD – «The Snake King»

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Review de RICK SPRINGFIELD – «Tha Snake King». Cincuenta años de carrera, como quien dice, a la vuelta de la esquina.

Si en el ‘69 ya estabas publicando en estudio, si la mayor distancia entre discos es de cinco años, si lo normal en ti es echar a rodar un disco cada uno o dos años, casi cincuenta años después sigues teniendo algo que decir y, más aún, quien te escuche, puede que te hayas ganado el derecho a hacer lo que mejor te parezca. He llegado a conclusiones parecidas con algunos artistas, muy pocos. Se me ocurren unos pocos nombres. No los diré porque las comparaciones son odiosas y, porque como decía, hacen lo que les parece, según les parece. Cuando ese es modus operandi, compararte con otros es siempre un error.

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Rick Springfield se ganó hace mucho tiempo el sitio que ocupa en la historia, y en la escena actual, de la música americana, australiana e internacional. Se ha ganado también un huequecito como actor, con apariciones esporádicas y memorables, como en aquella dulce “Ricky and the Flash”, con la mismísima Meryl Streep. Incluso ha entrado en la historia del género biográfico relatando una vida, la suya, que no tiene desperdicio.

Esta brevísima nota biográfica viene a introducir la idea central de este “The snake king”; desde el primero hasta el último de los temas del disco, Springfield escupe pedazos de su vida, pasada y presente, regalitos amargos de algunos de los temas que imbrican una sociedad tan grande, enferma e influyente como la americana y, de paso, instrumentaciones, rock’n’roll y blues que nacen de lo más profundo del alma.

El disco de Springfield me gusta por varias cosas. En primer lugar, porque se escuchar fácilmente. Es sencillo, mezcla blues, rock, country, soul y estilos tradicionales americanos con una presencia de ánimo que se aprovecha de la versatilidad de Rick como cantautor, letrista, compositor y cuenta-cuentos. A veces incluso parece que se va a poner un poco más duro, instrumentalmente quiero decir, como en el Little Demon, aunque al final no lo haga. Me gusta porque, a pesar de ser un disco entre el rock, con pinceladas de blues y otros estilos, no deja indiferente. Me gusta porque no creo que pase a la historia como revolucionario en lo instrumental y, a pesar de todo, creo que aporta mucho al panorama actual.

Los cortes dos, God don’t care, y tres, Jesus was an atheist, dan la medida de cuánto hay de personal e íntimo en este disco. Muy unido a la iglesia desde que nació, Springfield juega con los símbolos cristianos con toda naturalidad.  God don’t care usa toda la parafernalia blues, ritmos, coros, guitarras eléctricas, acústicas y slide, lo que haga falta, para revestir una letra que es puro Mississippi, quizá hasta con algún toquecito Louisiana, o Texas; ¿he oído a Gibbons con una acústica? No; sé que eso es imposible. “A dios no le importa” porque, tal como explica Springfield, se metió un chute chungo cuando no era más que un crío y, claro, así nos va. Ahora tenemos un rey con derecho de pernada y, por lo que a dios respecta, puedes torturar a todo el vecindario, no importa.

https://youtu.be/h83OHipHPcE

Jesus was an atheist comienza con un guiño a oriente pero, no nos engañemos, a los pocos segundos se me aparece el fantasma de Huey Lewis, pero no el de los “News” y sí al Huey que acompañaba a Phil Lynott en aquel “Solo in Soho”. Jesús era ateo y Springield disfruta cantándolo. Y, claro, lo que se disfruta cantando se escucha con placer. Drogas, alcohol, tradición y filosofía bien mezcladas, doble sentido, remover; ¿bailamos? Venga, un par de bailecitos, que Judas tree es otro de esos blues sencillos y sarcásticos; esos que Muddy Waters decía que es mejor escuchar sentado, con una copa, mientras la banda te enseña lo que tienen, o aquellos que Jeff Healey tocaba en el bar de “Roadhouse blues”, mientras le lanzaban botellas y Patrick Swayze repartía canela. Es difícil no sonreír cuando el doble sentido se usa en frases como: “dicen que cuando mueres ahorcado… “.

En Blues for the disillusioned casi creo escuchar a Tom Petty susurrarle palabras al oído a Rick. Pero, ya lo he dicho antes, nada de comparaciones. Springfield tiene material más que de sobra. Es una canción agradable, abre el disco sin crear falsas expectativas; rock, bluesrock, puro y duro, sabor al aire seco y al polvo de cualquier desierto americano y, por si quedara alguna duda, un banjo y una guitarra al borde del slide, ambos correctos, que acompañan bien al ambiente de una canción que decide ser repetitiva para, probablemente, remachar machaconamente el durísimo mensaje. Una sociedad desilusionada y confundida, corriendo en paralelo con la vida un Rick Springfield que sigue mandando mensajes a su padre, firmando lo mejor que puede y sin llegar a recibir respuesta. Me encanta la contradicción de una canción que suena bien, tranquila, dulce y sin aristas para, al descuido, robarte la calma cuando te pones a escuchar la letra. Me gusta como me gusta el quinto corte, Land of the blind, que empieza con el aire oriental de lo que podría ser una grabación de modernísima música con préstamos orientales, hasta que se escucha la voz del técnico de sonido pidiendo a Springfield que espere un momento. Me gusta porque no es pretenciosa, podría ser una balada de cualquiera de los muchísimos grupos americanos que hicieron una incursión en el rock duro para, desde su segundo disco, meterse de cabeza en la música más comercial y tarareable. Otra vez, no diré nombres, estoy seguro que se os ocurren unos pocos a vosotros. No sé si el mensaje de Land of the blind es comercial; también podríamos pensar en un millón de canciones, poemas o películas que dan cumplida crónica de la profunda enfermedad de la sociedad americana, consumista y descabezada que tan bien hemos adoptado todos los países de… como sea que se llame la parte del mundo que tiene dinero para gastar en comida rápida, ropa fabricada en cadena y dispositivos electrónicos. Blues for the disillusioned prepara el camino para que Land of the blind  nos recuerde que en el “país de los ciegos el tuerto o, tal vez, algún cíclope maléfico, no sé, es el rey” (“in the land of the blind a one-eyed man is king”).

Little demon y Suicide manifesto son blues, son blancos, son casi duros. Una vez más, me dan ganas de bailar, mejor acompañado, derramar cerveza, dar palmas y patadas al aire. Estos dos temas ponen ese tono de adrenalina, ese “me importa una mierda, como a dios”, que hace que el disco se tan equilibrado. Si sacamos un poco de turrón y llenamos de bourbon unas cuantas copas de champán, entonces toca bailar con Santa is an anagram; más ácido, mas risas, más rock’n’roll.

Orpheus in the underworld regala una armónica, otra vez, lleva trozos de alma y de redención del hombre que ha estado en todas partes, varias veces. Más banjo, más guitarra acústica, más música que se deja escuchar con letras que duelen a poca atención que se les preste. Supongo que el sentimiento se resume en la expresión, muy americana, “been there, done that”; algo así como que sé lo que Springfield quiere decir, quién no ha estado allí, quién no ha pasado por eso.

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Hasta el final del disco Springfield sigue regalando himnos, simbología americana, voodoo, música tradicional de ese tipo que, no me engaño, habremos escuchado un millón de veces y, sin embargo, por la crudeza y simplicidad de unas letras que dicen mucho y muy alto, es de todo menos aburrido.

Resumiendo, un disco para amantes de la música más o menos tradicional americana, de las voces rasgadas y del buen rock’n’roll. Esencial escuchar bien las letras, o leerlas, o traducirlas y leerlas en castellano, o lo que sea pero, ya digo, esencial seguir el doble, triple, sentido de las palabras de Springfield, el traje que le hace a las instituciones más sagradas del gigante americano, el mensaje de que tenemos lo que merecemos, de la voz de un hombre que, indiscutible, sabe de qué está hablando. Es un disco que, aunque no invente la rueda, ni falta que hace, esto es rock’n’roll, nena, se puede muchas veces. Esconde matices, instrumentación más que rica y momentos desde el desgarro biográfico hasta la pura carcajada. Un SIETE, alto, para un disco de buen bluesrock.

Por Miguel Castro

 

 

 

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